martes, 27 de junio de 2017

Ella tocaba el saxo en la penumbra

Ella tocaba el saxo en la penumbra
de un cafetín de barrio.
Mariposas de anís.
Serpentinas de humo acariciando
tibiezas de carmín y en las entrañas,
la promesa mentida en un abrazo
de aguardiente y neón.

Dijo: quiero vivir y amanecieron
bandadas de alcotanes que traían
mañanas de holocausto.  Las agujas
de todos los relojes señalaban
los minutos prestados sobre el filo
de un millón de cuchillos y puñales.

Ella tocaba el saxo en las esquinas
de un bosque subterráneo.  Se poblaron
de adelfas asesinas las aceras
y un mar de decibelios propagaba,
en sombra gris, la voz de los cipreses.

Dijo: quiero morir y se clavó
en un rincón del alma, a medianoche,
el corazón de un hombre solitario.
Anheló mucho más, y se lanzó
desnuda hacia el abismo:
fue cayendo
y cayendo
hasta que halló un instante en que el vacío
era un hueco tan denso que un arcángel
-terrenalmente arcángel-
le regaló sus alas, y ahora vuela
sin dimensión de pájaro y sin llanto,
mientras siguen chirriando como entonces
las notas de su saxo,
en las sucias paredes del olvido
de un cafetín de barrio.

.

No hay comentarios:

Publicar un comentario