sábado, 27 de junio de 2015

A veces quise cosas tan extrañas



A veces quise cosas tan extrañas
como bailar desnudo en el mausoleo de Lenin
o invitar a cenar a los turistas que lean las notas necrológicas,
pero ocurrió que entonces
no existían los mails ni las tarjetas de crédito
y la gente de izquierdas conseguía a escondidas frascos de mermelada.
(Recuerdo, por ejemplo, a la anciana de enfrente y a su barra de labios
esperando, las dos, noticias del cartero.)
Hoy ya sé que no puede elegirse la tersura del aire
ni un temblor cuando pasa
va dejando jazmines de fieltro en las aceras,
casi siempre
por el precio de un lápiz nos venden un teléfono
y hablar con una estrella
nos resulta tan fácil como hallar en cima del mundo
a un concertista chino.
Pero ahora, mujer,
ahora sé exactamente lo que quiero,
ahora tengo muy claro que me abstengo de todo lo que pueda aportarme
candidez metafísica
y hasta altura de mí ya sólo anhelo,
rezar donde tú reces,
morir en el país en que tú mueras
y que un pino viajero o la tristeza de un chopo
me sirvan como tumba.

523

No hay comentarios:

Publicar un comentario