Soy menos que un adiós,
quizás
menos que un llanto,
soy un libro inconcluso que nunca ha visto el sol ni se ha dejado querer
del idioma aprendiz de un campanario.
Ni siquiera he gozado de risa de huéspedes fugaces
o el calor de una amante clandestina,
abrí mi corazón a una bandada de gorriones azules
y no encontraron sitio, se me fueron marchando
inapetentes,
borrachos,
uno a uno,
se me fueron clavando los pecados mortales
y la sed de suicidio,
me quedó
la tristeza doméstica de un búho
y esta forma de ser con que ahora llego a las puertas
de unos dioses con cara de extranjeros.
Soy menos que una alondra
y Dios
tampoco es pájaro.
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