No te voy a decir exactamente cuándo,
pero una de estas tardes, como vienes haciendo
desde que eran los ángeles aldúcares sellados por la brisa,
me esperarás sentada en el café,
pedirás lo de siempre,
peinarán tus cabellos la palabra invisible
y así pasará el tiempo,
se encenderán las últimas farolas de la calle
pero yo
no llegaré esa tarde con mis versos.
Y tú te irás
y acaso
cogida de tu piel vaya contigo
la ternura infinita que en este mismo instante
estremece mi cuerpo.
Pero no habrá poema, ni aleteo
de palabras aprisa
ni minutos que sangren incumplidas promesas
de otra resurrección.
Volverás cada tarde, pero ahora
con un libro de versos,
esperando
a que un nuevo milagro nos devuelva a la belleza del mundo
y te suene a deshoras
el teléfono.
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