jueves, 26 de julio de 2012

Tengo el sol en las manos y cigüeñas

Tengo el sol en las manos y cigüeñas
describiendo su ocaso en la mirada,
mana sangre mi voz, atenazada
de ortigas y atochales porque el tiempo
dejó de ser mi aliado.
¡Escúchame, oh Dios,
estoy clamando
como un grito asomándose a la noche,
como un llanto estrenado entre los llantos
que fingen otro mar en otros mares!
Mira mis pies calzados con las prisas
de esconderse de Ti, precipitados
al fondo de un pasado sin encuentro,
mira también sus huellas
hechas gruta de ausencia en el asfalto,
mira, por fin, mis labios
que plantaron tu nombre en los trigales
que el ascua del verano iba secando,
helos aquí,
nocturno tacto
de un beso de juncal y adormidera,
que te invocan, Señor, que te reclaman
desde este algar de sombra que ha cubierto
las páginas del libro que me diste.
Sé que puedes borrar cuanto no escribo,
que puedes escribir cuanto no digo,
sé que escuchas palabras sin idioma,
sé que atiendes llamadas que no llegan.
Mira, Señor, Tu sabes
que aun queda en los balcones mucha ropa
tendida, poco viento
que seque la humedad en esta tarde,
no encontré mi ciudad en las ciudades,
no hallé en los miradores más que niños
mordiéndose las uñas y mujeres
masticando altramuces,
ensayando visajes y bostezos,
se quedaron sin agua los estanques,
sin dueño los andenes y ha perdido
aquel guiño de cómplice el farol
del guardagujas.
Ya no puede la noria desaguar
más densidad vacía, ya no llegan
al fondo del dolor los cangilones
que muestran el reverso de la herida,
hoy te escribo mi nombre con minúsculas
como escribí
de niño
margaritas,
como Te hablaba a Ti cuando en las noches
se posaban
zuritas en mi almohada.
Escúchame,
por fin,
quiero saber,
quiero creer que aún
te encuentras de mi parte.



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