viernes, 27 de julio de 2012

A ese hombre de gris, silueta etérea,

A ese hombre que mira desde el puente
el lento discurrir de los inviernos, 
a ese hombre que estudia entre la niebla 
los gestos de los árboles 
(y les habla a escondidas), a ese hombre 
le conozco muy bien, sé de sus párpados 
borrachos de vendimias, de la edad 
que tirita en su piel olivos viejos,    
sudando entre los dedos caracoles. 
Sé que lleva memoria de un paisaje 
con sabor a membrillos, sé que tiene 
desnudeces grabadas de eucaliptos, 
que no esconde 
sus pétalos marchitos, sus crepúsculos 
ungidos de campana en la diáspora. 
Él conoce estaciones donde el tiempo 
se subía a los trenes sin maleta, 
estaciones de piedra, con relojes 
de hielo, con andenes 
que lloraban adioses de granito
y trenes de silencio donde el miedo 
viajaba sin billete de ida y vuelta. 
A ese hombre que hoy mide desde el puente 
el perímetro exacto de esta tarde 
se le han muerto los pájaros, tal vez 
ya no sueñe ni pájaros, ni crea 
-si le cuenta algún niño- 
que hubo un tiempo en que había gorriones 
saltando entre las ramas de los árboles. 
Como dije hace un rato, 
a ese hombre 
le conozco muy bien, lleva en sus venas 
la tibieza de un beso y en las manos 
–ya no sé sin son manos estas manos- 
las caricias lejanas de una madre. 

Antología-45

 “De Silencios fingidos”
Finalista IX Premio de Poesía Ciudad De Torrevieja.
Vicente Martín Martín

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