martes, 20 de marzo de 2012

Pasan los días y no puedo

Pasan los días y no puedo
dejar de preguntarme
qué pecado redimo o qué laureles me esperan
cuando no queden lágrimas ni me lleguen audaces
los ecos de un relámpago.

Y es que quiero saber a quién le sirve de algo mi dolor,
quién se lucra de él,
come de él
o si existe algún dios al que la angustia del hombre le vale de coartada
para hacerse más dios y entretenerse en sentir
piedad por los humanos.
Si al menos mi aflicción enriqueciera la vida de los otros
y acabada esta cita fuera un signo
de mi paso por ella,
si al sentir cómo amarga en mi espíritu el estrépito
de las fresas salvajes
no encontrara
tantas islas de escarcha y tantos templos
donde sólo hay madrastras y coronas furtivas
tal vez entendería que esos dioses no reparen en ello
y allá arriba, sobre nuestras cabezas,
todo pinta distinto y el olor de las vides no permite que observen
lo que ocurre aquí abajo.

Pero quiero no obstante preguntarles de nuevo por qué esconden el rostro,
por qué dejan que el hombre
se acostumbre a vivir entre las cosas,
a elegirlas y amarlas
sin saber cuánta muerte les supura en los dedos.

Y es que sigo pensando que la vida es un error de sintaxis.

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