sábado, 8 de enero de 2011

Las doce en el reloj, hora local,

Las doce en el reloj, hora local,
los caballos suicidas se aproximan por las calles estrechas
en su papel de pájaros,
cada sombra,
cada lámpara trémula que se chispea en el viento
tienen su propio rostro,
sangre individual, la misma sangre de siempre porque aquí,
las doce menos diez
y hora local
todo sigue en su sitio, todo es parte
de una inmensa armonía que no alcanza a absorber el horizonte.
Hay un río que fluye entre los álamos
como siempre ha acabado discurriendo un arroyo entre los álamos,
una verde colina con la misma extensión de algún silencio
que tuviera la forma de colina
y un bosque
y un temblor en las ramas de los árboles
que aparentan ser bosque y se resignan a ser eternamente
sucursales del aire.
Como si no pasaran por aquí las pitonisas de la voz engolada
y una hora,
diez años, diez millones de años
fueran sólo ese instante en que muchachas marinas bendecidas en algas
desnudaran sus senos en la alcoba amarilla donde mueren a besos
los caballos suicidas.

502 
LA EDAD DE LOS CABALLOS

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