viernes, 25 de marzo de 2011

Debería olvidarme de unos ojos

Debería olvidarme de unos ojos
que han visto tanta muerte,
de estos ojos
que han perdido el sonrojo de mirarse en los colores del mármol
y no saben
del misterio que encierra una luz griega.

Debería
regalarme otros nuevos
y que éstos, si acaso,
se utilicen de abono en un posible jardín donde reciten
versos de Luis Cernuda
o poemas
con ojeras azules.

Ni siquiera valdrían como antorchas de un sol de medianoche,
ni de brasas sintéticas de un mundo que suspira
fuegos artificiales.

Los ojos de la gente que pernocta en los búnkers
no se apagan de viejos,
se mueren de insolencia
y estos míos
ya han visto desfilar a una jauría
de ilustres cortesanas y rollizos obispos que cuestionan
la ingravidez del tiempo
y por lo tanto
no preciso de extrañas diagonales que me expliquen indiquen
la longitud precisa de los puentes.

Sí,
debería olvidarme de estos ojos, dimitir
de los claustros de nieve y de los anchos paisajes
donde sólo es la vida una metáfora
de relojes efímeros.

Debería arrancármelos,
guardarlos en alcohol
y que se busquen
otra música etrusca que suene en cualquier parte.

PP 25 3 11

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