Y al final del camino, la quietud
que no te pertenece.
A orillas de la tarde se diluyen
por enésima vez los alminares
que te aupaban al cielo.
La infinitud gravita como un péndulo
colgado de la noche:
por la ventana abierta, el mar. El mar
en todos los recodos del paisaje,
el mar, sin aritméticas,
a solas,
un no ser,
enfermedad del tiempo que agoniza
delante de tus ojos.
Los que te precedieron
hoy son quienes te nombran con los ojos cerrados
sin pararse a escuchar
tanto desasimiento como dejan
tus huellas al borrarse
y es que están
divinamente muertos.
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