No sé por qué, pero hoy mi soledad
tiene el nombre de todas las edades y se abriga
con el sol que le falta a cada invierno.
Reconozco aquel niño
que se empeñó en subir las escaleras
continuas de mi llanto
y se quedó esperándome.
Reconozco sus ojos regresando a mi cuerpo
con el mismo fulgor con que una tarde
era blanca la nieve y era nieve
la tarde todavía.
Hemos pactado el fin de todos los lenguajes
y el principio de todos los silencios,
pero hoy no sé qué hacer
con tanta claridad como transpiran
sus dedos cada noche.
019
No hay comentarios:
Publicar un comentario