No sé de dónde vienen,
pero llegan
compartiendo un incendio de antorchas y amapolas
en medio de la noche.
Vienen
con los billetes sucios, con el viento
degollado en la espalda,
con el sol del invierno en las mejillas
y el alma a la intemperie.
En sus retinas veo
una aldea de lágrimas ajenas
y un balcón de escorpiones mirando al suroeste,
veo un río, una larga pesadilla,
una hectárea de piel
y una arboleda
recién cicatrizadas.
Son ellos,
los que vienen
anunciando posibles primaveras.
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