Una vez escribí que las hormigas,
se calzaban zapatos de tacón
para bailar al son de las chiquillas azules de los charcos.
Y es que entonces llovía como un trozo de abril
y salían los náufragos
corriendo de los grifos hasta hacernos
creer en la bondad de los cadáveres.
De pronto una mañana
cualquiera,
una mañana,
los pupitres hablaban un idioma más limpio
y allí estaba, de luz, casi de nada, una muchacha
que traía una extraña sonrisa de pistacho
y el sol en las rodillas
hilvanándose el sexo y vomitando
ciudades extranjeras.
Yo sé que era un pecado
llevar como llevábamos las huellas dactilares en los ojos
y hablarnos a escondidas de las altas
ventanas donde el mar sepultaba los gorriones.
Y sé también que fuimos proclives a aceptar
que la noche no es noche sino un día
que se ha hecho intermitente
y han cruzado los grillos los semáforos.
Detrás de los escombros de los trenes
vimos crecer el pan y era un derroche la impaciencia del trigo
y en las panaderías los estantes sufrían tos ferina.
Y aunque siempre estuvimos en las listas
de los puertos incómodos
jamás nos encontraron con las manos
al sur, donde los perros
ladran antiguamente y no se escucha
la sirena de un barco.
Nosotros construimos el mundo y su ruido
no nos dejó dormir,
nosotros
fuimos gente con junio entre los ojos y consignas
de alfares clandestinos,
por eso las colinas están llenas de albercas
y son verdes las playas y los bosques,
como dunas tendidas en pijama,
por eso
cada vez que ahora llora una muchacha de sonrisa pistacho
recogemos las nubes de la calle
y con una escalera dibujamos el cielo entre sus párpados.
Otra vez escribí que los naranjos
trepaban por las nalgas transparentes de las águilas
y se amaban así, como en el aire,
pero olvidé deciros, por ejemplo, que había hoteles
azules bajo el mar y que las llamas
eran rosas, a ciegas, como estatuas
disueltas en la luz.
.
.
055
No hay comentarios:
Publicar un comentario