miércoles, 20 de enero de 2010

Una vez escribí que las hormigas...

Una vez escribí que las hormigas,
se calzaban zapatos de tacón
para bailar al son de las chiquillas azules de los charcos.
Y es que entonces llovía como un trozo de abril
y salían los náufragos
corriendo de los grifos hasta hacernos
creer en la bondad de los cadáveres.
De pronto una mañana
cualquiera,
una mañana,
los pupitres hablaban un idioma más limpio
y allí estaba, de luz, casi de nada, una muchacha
que traía una extraña sonrisa de pistacho
y el sol en las rodillas
hilvanándose el sexo y vomitando
ciudades extranjeras.
Yo sé que era un pecado
llevar como llevábamos las huellas dactilares en los ojos
y hablarnos a escondidas de las altas
ventanas donde el mar sepultaba los gorriones.
Y sé también que fuimos proclives a aceptar
que la noche no es noche sino un día
que se ha hecho intermitente
y han cruzado los grillos los semáforos.
Detrás de los escombros de los trenes
vimos crecer el pan y era un derroche la impaciencia del trigo
y en las panaderías los estantes sufrían tos ferina.
Y aunque siempre estuvimos en las listas
de los puertos incómodos
jamás nos encontraron con las manos
al sur, donde los perros
ladran antiguamente y no se escucha
la sirena de un barco.
Nosotros construimos el mundo y su ruido
no nos dejó dormir,
nosotros
fuimos gente con junio entre los ojos y consignas
de alfares clandestinos,
por eso las colinas están llenas de albercas
y son verdes las playas y los bosques,
como dunas tendidas en pijama,
por eso
cada vez que ahora llora una muchacha de sonrisa pistacho
recogemos las nubes de la calle
y con una escalera dibujamos el cielo entre sus párpados.

Otra vez escribí que los naranjos
trepaban por las nalgas transparentes de las águilas
y se amaban así, como en el aire,
pero olvidé deciros, por ejemplo, que había hoteles
azules bajo el mar y que las llamas
eran rosas, a ciegas, como estatuas
disueltas en la luz.

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