Si ahora que consigo
regresar con el agua en los zapatos
y encuentro en las ventanas unas tardes muy altas
te dijera
que he visto el mundo entero
fusilado a la orilla de tus ojos
¿qué podría ocurrirme si este cuerpo
es parte de tu cuerpo todavía
y se sostiene sólo imaginándote?
Mírame bien. El aire,
como un rumor de acequias, me visita
robando mis vestidos
y la lluvia
se afana inútilmente en dibujarlos.
Y es que no hay un suspiro gratuito
que no corra en la cuenca en que supuran
antiguas cicatrices que quedaron
del roce de la tierra.
Dime sólo
si estos restos de piedra y de cascote
son de mi propiedad
y si se pueden
enterrar sin temor a que se oxiden
por si un día
volviera a recogerlos, o si existe,
cuando todo concluya, una esperanza,
un atisbo siquiera, que me incite
a intentarlo de nuevo cuando estemos
enteramente solos y vivir
siga siendo un milagro sospechoso.
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