miércoles, 20 de enero de 2010

Nunca seré un poeta

Nunca seré un poeta, os lo aseguro,
porque tengo las manos agrietadas
y me sangra
la vida por los dedos.
Yo sé que escribo versos aburridos,
versos de sacristía o de café,
versos entre comillas
a veces indecentes,
desclavados,
porque no existen versos más impúdicos
que aquellos en que se habla
de dolor,
de la muerte
o del miedo que es miedo de sí mismo.

O decidme si no
de qué puede escribir quien lleva un mapa
de avispas en los ojos,
quien no tiene al alcance de sus labios
una risa postiza o una frase
con verbos de diseño.
¿De qué puede escribir quien ya no encuentra
una gota de tinta que no tenga
color de viernes santo?

Definitivamente, quien escribe
y el aire es de acero cuando escribe,
y le saben a ajenjo las palabras que escribe,
y el papel se le incendia cuando escribe
nunca será capaz
de firmar un poema que se pueda
leer en un salón.

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