No es un día de arroyos en octubre
ni el viento trae aromas ilegibles
ni acaba de pasar una paloma
lenta como la noche.
No enturbian los caminos la lujuria
que produce el cansancio
ni se ha visto a un relámpago calzándose
zapatos de luciérnaga.
No late el corazón como me late
cuando abro la ventana y sé que llegas,
sin cintura, a mi lado.
Pero llueve.
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