Era
de terciopelo el aire y la mañana
que había entrado en la casa con un pan
de harina entre las manos
se quedaba
dormida en los pasillos.
Llenándome de frío una cigüeña
dibujaba el arroyo
y a su vera,
disfrazado de añil, alguien ponía
el olor de tu piel en las romazas.
Yo rozaba tu sombra como rozan
las adelfas el agua
y en tus labios
se vaciaba entero, como un cántaro,
mi regaliz de niño.
Todo era un humedal. Y una cortina
de tafetán el cielo
rasgada por las alas de los pájaros.
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