viernes, 27 de diciembre de 2013

Te escribo desde aquí


                                                   A 43 años justamente
                                                   de otro 25 de otro mayo,
                                                    para ti, madre...


Te escribo desde aquí, desde esta orilla
de paisajes prestados,
desde estos bulevares y estas plazas
donde el frío enarbola sus aristas
y el miedo anda descalzo entre las caras
plomizas de un poliedro.
Te escribo desde aquí, desde esta piel
que habita los caminos de silencio
trazados en las olas: Y te escribo
porque sepas de mí, porque no pienses
que el bramido del viento y el constante
martillar de la lluvia han conseguido
horadar tu recuerdo.
Yo
sigo siendo el de ayer, el mismo niño
que jugaba al parchís y a las canicas
y al que ahora le quedan
muchos menos centímetros de labios,
sigo siendo el de ayer, pero hoy me sobran
bahías en los ojos y no llevo
repletos como entonces los bolsillos
de nubes y gorriones ni me nacen
paraísos y acacias en las manos.
Quizás me equivoqué,
quizás vivir no fuera conjugar
en presente el pretérito perfecto,
quizás fuera una película
rodada del revés,
y es que resulta
que vivir desde entonces ha supuesto
vivir a media hasta,
a veces
vivir a la intemperie
sin un pañuelo blanco en que esconder
el rubor de una lágrima,
sin un trozo de mar a quien cantarle,
a media voz también, una balada.
Vivir no ha sido un ir administrando
a gramos la esperanza
hasta agotar el crédito diario,
ha sido un acallar entre dientes
palabras como aullidos de lobos enjaulados.
Pero a pesar de todo he conseguido
que los vientos llevaran sargazos
en otras direcciones:
He llegado hasta aquí
bautizado en mil muertes, confirmado
en mil resurrecciones
y ahora me paseo entre esta gente
que pisa los andenes
con un billete incierto en mi cartera
sin que sepa muy bien si éste es el punto
final de mi trayecto o el principio
de ése último viaje a no sé donde.
Debes saber, por fin,
que han crecido los lirios que sembraste,
que han seguido brotando las ramas de los árboles
después de cada invierno,
que me queda
un pocillo de fe y algún resquicio
para escrutar el cielo cada noche.

Poemario "Los pasos que hemos dado"

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