sábado, 16 de octubre de 2010

Hablo, mujer

Hablo, mujer,
del río que no es agua y su destino
es hundirse en la tierra,
del río que no trae barcos ni sueños sino algas
crecidas en el mar del corazón desierto de los hombres.

Hablo de la quietud con que sufrimos el silencio de Dios
y la exasperación de los relojes,
de las noches vencidas por la sed de los acantilados,
de la luz prisionera en oscuros laberintos,

hablo de los esclavos que murieron alrededor de la hoguera
y de los poderosos que eyaculan sobre sus lápidas,
de insectos que enloquecen,
de imaginadas aves,

hablo de la simiente que se enfrenta a la espiga y del invierno
que acuna la esperanza de una nieve sinfónica,
de la lluvia senil de la arboleda,
de la tristeza azul del unicornio,

hablo también de ti y hablo de mí,
de tu angustia y mis miedos, de tu extraño suplicio
de madre en miniatura,
de tu cuerpo de niña hecho barro reciente y ofrecido,
del martirio incruento de tus manos repletas de terneza,
de cómo el frío invade nuestros cuerpos y la hiedra
recubre nuestros nombres,

hablo por no callar, porque me duelen
las palabras de acíbar,
las palabras
que despliegan tormentas y almenaras,
palabras diminutas,
eclécticas,
palabras doloridas como dulces gusanos que azuzan a los pájaros.

Y te hablo, mujer, de los colores que prestaron su sueño al arco iris,
del oasis callado que reclama un desierto,
de los hijos no habidos,
de amor y desamor,
de ti y de mí.

PA 16 10 10

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