sábado, 18 de septiembre de 2010

Que lo diga Rosales:

Que lo diga Rosales: los que han muerto
son vivos discontinuos,
tartamudos
que hablan en voz pasiva y sus palabras se llenan de orfandad
como el agua en un pozo, como un niño
que tuviera prestado el corazón
y cada día
se nos hacen más nuestros y terminan
por ser indispensables.
Los que se fueron tienen sus ojos en el aire y al mirarnos
nos duele el algún sitio,
nos duele como a plazos, como aflicción de monja hospitalaria,
han dejado
encendido el hogar con las ventanas
heridas en los bordes, con las puertas
convertidas en hitos de un final dirimente
y es que todos
cuantos hemos vivido en un mismo corazón durante siglos
padecemos de idéntico cansancio,
nos sabemos
muy dentro de los otros, y a la tarde
le llamamos infancia todavía.
Pero no existe un luto tan espeso que nos pueda amargar la vida entera,
no hay un muerto tan muerto que no tenga
paraguas en las manos,
no hay silencio total ni hay un instante
tan largo, tan perenne en que un recuerdo
no consiga abrazarnos todos juntos.

PP 18 09 10

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