viernes, 7 de enero de 2011

Habría que preguntarse qué fue de los que amábamos a las chicas sin sexo

Habría que preguntarse qué fue de los que amábamos
a las chicas sin sexo,
que fue de nuestros miedos a los faros que hacían
incoherente la fe
y superfluo el cilicio.
¿Seguiremos pensando que mirarle a los ojos a una monja
es un tic subversivo
o habremos aprendido a ladrar como aprendimos que éramos
alérgicos al polen?
Seguramente no, pero es posible
que un lector avisado sea capaz de encontrar en nuestra historia
pasadizos secretos,
cicatrices
que supuran debajo de una piel acostumbrada
a usar de doble fondo.
Éramos como versos de un posible poema
siempre por escribir,
como muertos ingenuos para quienes la muerte
era un suceso extraño,
remoto,
una osadía
concebible tan sólo como el cansancio lógico
de toda travesura horizontal.
Éramos
Garcías, Garcinuños y Martines
y entonces
leer a la Sagán o declararse admiradores de André Gide
era ser europeos y de ello y no más
podíamos presumir.
Quizás fuera un equívoco quedarnos tanto tiempo
con las manos pegadas al ombligo
mientras todas las rutas nos llamaban a extinguir otros fuegos
y eran verdes las costas y agradable
la voz de los clarines,
nuestros padres
habían hecho una guerra sin saber qué locura perseguían
y nos trajeron himnos o callaban
dónde estaban sus muertos.
Pobrecitos,
nos hicieron creer que las vikingas tenían
pechos de porcelana,
las rameras
herpes en los ovarios
y acostarse la siesta sin slip
lastimaba la vista.
Y por si fuera poco
teníamos que cargar con la zozobra
de no saber qué habría más allá, de qué color sería
una mañana azul detrás de las murallas,
tuvimos que vivir de alegorías,
de metáforas sánscritas
y conductas tabúes,
lo nuestro era creer en las cigüeñas triunfantes de todo lo creado,
que la paz era un nido de palomas
y la guerra un faisán con alas fúnebres.
Y he aquí el desencanto:
Hete aquí que hemos visto caer puertas de piedra y levantarse
murallas de hormigón,
que hemos ido inmolándonos en aras de una gloria altruista
y la rutina
sigue siendo la misma, los pijamas no han perdido las rayas,
nos tratan como a idiotas
con el viejo pretexto de salvarnos de vete tú a saber
y todo sigue igual, acomodándonos
a un dios, que sin ser dios, nos amonesta,
nos prohíbe, cuida nuestra salud y nos procura
la conciencia moral de los androides mecánicos,
temerosos al fin a que nos digan
que no hay mañana azul
ni claridades
ni cuentos en que se hable de tierras prometidas.


PP 07 01 11
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