sábado, 8 de enero de 2011

Te viniste a vivir entre la aurora y los árboles

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Te viniste a vivir entre la aurora y los árboles,
cálida como un verso,
flamante
como el sol de una isla que cambiara su look cada verano.
Desde entonces sabemos que un viaje a París no se confunde
con placeres violentos,
que las nieves construyen inviernos más brillantes
y a la luz de la luna las palomas
son ángeles de acero,
desde entonces
hay taxis que circulan en medio de la noche conducidos
por radiantes lechuzas, los pelícanos
emigran a la Antártica y regresan convertidos en enormes
mariposas nocturnas.
Y no era sólo yo quien te esperaba en la jungla
remota de este mundo,
también era el amor y las palabras
que andaban sin timón a la deriva
era el millón de pétalos que no hallaban su día,
el trébol de tres hojas y el psiquiátrico
donde acaban los príncipes.
Y no era sólo yo, aunque escucharas
mi voz rozando el frío, aunque advirtieras
la infinita crueldad del minotauro degollando a sus víctimas,
era yo y son los hijos que comen de mis manos y son tuyos,
era yo y son las noches que nos saben a poco,
las flores de los sábados,
los muebles
y aquel sueño de niños hecho añicos.

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