sábado, 8 de enero de 2011

Dondequiera que mires no habrá un solo crepúsculo

Dondequiera que mires no habrá un solo crepúsculo,
que no sepa de ti,
ni una sola quietud ni un solo abismo
que no digan de mí, y en cada ola
y en todos los rincones donde mueran de viejos los termómetros
estaremos tú yo,
somos aquellos
que mostramos al mundo de qué orilla era el viento,
aquellos que poblaron los mares cuando un pez era un niño y las tortugas
pisaban las auroras amargas,
los de ayer, los de hoy,
los que fuimos un día y los que han de seguirnos,
los de nunca y de siempre, los que amamos la tierra y los que huimos de aquí
hace miles de años.
Y crecimos así, como un racimo de brazos sofocando
aquel incendio mudo que nos iba hacia adentro,
renunciando a las manos para abarcarlo todo,
fingiendo, adelgazando
hasta ser de tamaño sindical de un aullido.
Y a veces sólo éramos
y estábamos miopes y sin ojos cruzábamos las sombras
y a menudo olvidábamos el sol y confundíamos a un hombre con la lluvia.
Y tuvo que ocurrir
que al sentirnos sin alas inventamos los pájaros,
que al mirarnos a oscuras entendimos que fuéramos quien fuéramos
seguiríamos aquí, recién ungidos
de un aceite primero y sosteniendo
lo inútil que resulta nadar en un relámpago.


Ahora estamos tú y yo, solos los dos y sin embargo
aún llenamos el mundo y cada madre gestante lleva dentro
nuestras mismas angustias,
idénticos asombros,
porque a pesar todo aún tenemos
la piel reblandecida de amarnos bajo el agua y la misma ingenuidad
de quien se piensa
que es inmune a la muerte.

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