Pero yo no era nadie. Era sólo
un tiempo y un espacio cayéndose en la noche
y todas las ventanas tosían de mi sangre.
Pero yo no era nadie.
Por los ojos
del puente aparecían derrotados los vientos,
asomaban zapatos sumergidos
papeles amansados,
niños sin terminar en el océano
y unos padres apócrifos.
Arriba, sobre el puente, una mujer, la madre,
ofreciendo los pechos al cielo de su boca
con un gesto difunto en cada mano.
Se diría que el aire era un caudal de campanas
con síndrome de alzheimer,
de campas airadas
que llegaban
de no creer en Dios, puesto que Dios
parece que ha olvidado el idioma de las manos
y no tiene
manual de emergencias.
Nunca comprenderé a quien nos ha puesto
el corazón después de las rodillas
ni entenderé que existan pecadores
y ciudades marinas
y restos de nosotros que merezcan
este indulto de sal
con que vomita
sobre el mundo una muerte tan pequeña.
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