Estarán los maizales esperando
madrugadas de tórtolas,
volverán
a lamer las adelfas del arroyo
las nieblas matutinas,
escucharéis, quizás, la luz del agua
desnudándose a plomo en el estío,
y acaso en vuestros labios
-a orillas del invierno-
una mano de seda
sepa bordar frutales de grafito.
Percibiréis los ecos de mis ecos
y es posible que os lleguen,
como llega una ola hasta una isla,
temblorosos,
mis versos.
Pero ya no estaré.
Lejos de aquí,
a mil leguas del mundo, una muchacha
trenzará zarzamoras en mi pelo.
014
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