Déjame que me olvide de palabras gastadas,
del orín de los puertos,
ahora quiero
reposar la cabeza sobre un pecho de musgo,
respirar muy adentro y que se cumplan,
sin que yo me dé cuenta, las tristísimas
profecías del hombre contra el hombre.
Déjame recordarte que una luz muy intensa
produce quemaduras,
que ya tengo mil años y de niño
aprendí que amanece porque alguien pronuncia esa palabra
y a medida que se abren las jaulas de los pájaros
el viento se hace espeso y acompaña a las barcas de los locos
hasta las islas griegas.
Déjame que te diga, por fin, que estoy cansado,
cansado, sí,
que me duelen los huesos de vivir de memoria,
que no existe un silencio que me pueda abrazar la noche entera,
y yo quiero dormir y en los hoteles gotean las cisternas
y yo quiero dormir,
soñar que existen
caballos de cartón y muñecas de trapo,
déjame que te diga
que me quedé sin público y me iré de mi cuerpo en cuanto pueda,
que la vida sin mí tendrá más calles
y la ciudad, más puertas. Por lo tanto
aquí
dejo las llaves.
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