
Admitamos
el hecho
de
que todos sabemos que las cosas
lo
son cuando se nombran, por poner ejemplo:
que
la lluvia depende
de
la palabra lluvia,
y
que la nieve
no
es algo que suceda de forma natural,
sino
que es el albor
que
sientes al nombrarla.
Tú,
que
en esencia eres agua, no podrías
construir
una casa o imaginarte
el
perfil de una isla sino a cuenta
de
la palabra isla;
cuando
miras a un árbol
tus
ojos
ya
no son claridad, sólo son árbol.
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