jueves, 26 de julio de 2012

Hace tiempo que vengo confesando

Hace tiempo que vengo confesando
mi complejo de hormiga, tanto tiempo
que quizás a estas horas debería
reconocerme enteramente hormiga.
Me cuesta discernir si es que me encuentro
-insecto, desde luego-
en medio de Manhattan o en el punto
más árido de todos los desiertos.
Lo cierto es que aquí vivo,
qué es esta mi ciudad,
que aquí muero despacio y aquí guardo
bien viva la memoria de mis muertos,
me enfermo, escribo versos, amo y odio,
aquí rezo las noches que no acaban
y aquí agoto los días que me nacen
horriblemente eternos.
Aquí pago tributo a la osadía
de violar el silencio de la hiedra
y callar el dolor del eucalipto,
aquí pago factura por las lágrimas,
gravamen por la risa y arancel
por el aire que aspiro,
la voz
y la palabra.
¡Necio de mí, que aún tengo en la mirada
todo el asombro intacto y los temblores
Mirad bien la ciudad, es mi ciudad,
la vuestra, la ciudad
del futuro que fueron diseñando
-a espaldas de la vida-
arquitectos novísimos que llevan
el alma de corbata y el volumen
del mundo entre sus manos.
¿No veis
cómo todo parece de mentira
y todo es falso?
Porque aquí se construyen cada día
edificios de tiza
con ventanas de tiza,
las aceras de tiza,
los árboles de tiza,
el guardia y el semáforo de tiza,
las rameras de tiza…
-no me atrevo a decir que los abrazos
los besos y el dolor también de tiza-,
aquí te desayunas a sabiendas
que todo es una fábula, que un niño
no es el viento del mar que sabe a crudo
ni un pedazo de pan es la alegría
que un padre le arrebata con sus manos
al sol de la besana
ni un ángel la cometa que se esfuma
al cielo de los sueños imposibles.
Todo está hecho, sí, todo pensado
para cambiar de traje,
o de epidermis,
para cambiar de nombre y apellido
si lo exige el guión o si le aprietan
demasiado a uno los zapatos.
Y ved qué fácil es:
tan sólo se precisa un borrador
-una ración de amnesia,
por si acaso,
quizás una cerveza-,
y un mínimo cilindro de clarión.

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