lunes, 4 de abril de 2011

Los pechos de Laura

Podría, por ejemplo,
escribir un poema que no hablara de amor,
un poema en que hablara de los bosque azules y el color de la tierra,
o un poema del mar o de los ojos crecidos con que llegan
de noche los ahogados
o mejor
un poema sin más sobre los pechos de Laura,
sus pezones volcánicos
y el fuego que se esconde en sus colinas
de magma imaginado.

No sería un discurso de oleajes eróticos, digamos,
un poema iceberg que no utilice conceptos,
que sugiera no más, pero que no hable de nada
como el lienzo
de un pintor invidente
o una hoja
en que sólo se lean los paisajes que envejezcan de golpe.

Porque hay cosas
-y ocurre por ejemplo con los pechos de Laura-
que no son explorables,
que acontecen
y no tienen retorno ni se pueden nombrar sobre las líneas
que definen la rambla de un escote.


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