carente de importancia,
recuerdo,
sí,
recuerdo
un olor a blasfemia furtiva en el pupitre
aquel día que tuve que copiar
casi doscientas veces
aquello de que Dios se escribe con mayúscula.
Casi doscientas trazos de un sonrojo
que se antojaba azul como esa urgencia
que se impone a sí mismo el gorrión
de merecer el aire.
Desde entonces no tuve más remedio
que ser, durante años,
un muchacho ortográficamente presentable.
Pero ahora que llevo tanto tiempo
sin escribir a mano
y he cumplido la mili
y he guardado el miranda podadera en el fondo
de un colmado baúl,
ahora que no acierto a distinguir en qué país
o en qué color de piel
o al lado de qué ejércitos le han puesto,
cuando veo
que pujan por su nombre en las apuestas
y en su nombre
una parte del mundo quiere ser
dueña de la otra parte,
ahora creo que Dios, si me escribiera,
si viniera a mi casa y le enseñara
mi libro de visitas,
firmaría en minúsculas y acaso,
sin que nadie lo oyera,
me dijera al oído que en estas circunstancias
se declaraba ateo.
012
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